(…) se respira un aire tenso; la gente, aunque muy joven, se ve extremadamente ansiosa. Algunos gestos parecen repelerla e incluso le resultan agresivos. Camila se pregunta si ella es la paranoica o si ese es precisamente el diseño de marca del lugar. Finalmente, al unirse al público de una charla que ofrece el inventor mismo del kit de realidad virtual que uso una década atrás, esta vez sobre aplicaciones militares de la realidad aumentada, Camila confirma sus sospechas y no puede evitar caer en una confrontación directa: interviene para retar la premisa técnica del conferencista; el auditorio se torna aun más hostil.
La premisa técnica del conferencista parte de pantallas que alcanzan cada vez mayores resoluciones, haciendo la experiencia visual indistinguible de la realidad. Camila objeta: “Eso es un desperdicio absurdo de recursos. Así no funciona la visión humana pues nuestros ojos apenas captan algo. Son dispositivos de baja resolución. Es nuestro cerebro en conexión con nuestros músculos lo que completa nuestra sensación de lo real.
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