La palabra imagen sufre de un desgaste histórico similar al de la palabra disciplina. Victimas ambas del forcejeo con el catolicismo y su misión de actualizar el mito de Babel a términos de la distribución social del trabajo. Misión a la que la disciplina antropológica debe todo su origen.
A brinquitos, el término iconografía siguió de cerca a las otras dos en su descalabro. Ni siquiera llegó a ocupar la categoría de género literario antes de convertirse en disciplina: era más un formato documental, sin estilo (propio, debí haber agregado, sin estilo propio, lo que le permitirá consagrarse en ciencia del estilo a través de un cultismo, la iconología). Del anticuarismo y la numismática saltó a la arqueología cristiana y de la antropología al arte, vía la hermenéutica. De ahí al diseño, la electrónica, etc.
Pero diría que es cómo si la iconografía nunca hubiese llegado a existir, sometida siempre al régimen visual. ¿Qué le pasó a la iconografía con la expansión contemporánea de la noción de imagen: imágenes acústicas, imágenes informáticas, imágenes operativas, criptomonedas? Nada. Absolutamente nada, permanece igual.
Aquí inicia mi relato, tratando de contar, con cierto afán y la intención de cumplir una promesa, lo que a mí me pasó en relación a una experiencia indisciplinada de la iconografía. Experiencia que comenzó por la etimología de la palabra etimología y se trasladó a la fotografía como marco mitológico.

(He tratado de deshechar [sic.] anécdotas innecesarias. Creo que las que he dejado responden a dar cuenta de intentos anteriores de colaboración, alinear expectativas. La entrada no salió tan corta como esperaba. Disculpas de antemano. Aquí un enlace para saltar al final.)
La Internet alcanzó a representar un fin de estatus para muchas personas que ostentaban cierto poder por tener acceso a fuentes privilegiadas de información. Me refiero a coleccionistas de discos raros, videoarte o revistas, pequeños dictadores académicos. El caso que más me hizo feliz fue la apertura del acceso a archivos etimológicos. Encontré las páginas de dechile.net poco después de leer 2666 y no me parecía nada menos que alegre la conexión de origen con el relato que hace Bolaño sobre la telepatía araucana, descrita fuera de la ficción por el fascista Lonko Kilapán. Enlazaré a este comentario al final, fuera de esta entrada.
La cosa se pone un poco fractal. Comencé a sospechar sobre la necesidad de recuperar la noción perdida de lo que podría ser en verdad un análisis yconográfico, a partir de la manera en que recurrí a la etimología para resolver, de manera práctica, una crisis paranoica (véase en de chile.net la etimología de la palabra etimología).

Me di cuenta que los sonidos subyacentes a la palabra paranoia hablan, cuentan o cantan menos la tonada de una enfermedad o afección, jamás la canción de una persecución imaginaria, y más la textura de una capacidad, un poder o una potencia: pensar fuera de sí, pensar con el afuera. Un grafiti en las paredes de la Universidad Nacional rezaba: el problema no es que lo que el enemigo piense, el problema es que lo piense en uno. Tal vez una paráfrasis de Freire y su reflexión sobre cómo el oprimido “aloja” al opresor. En mi estado, significaba que cabía hacerle resistencia invirtiendo sus términos.
La palabra es imagen, en contravía de la distribución estructuralista del juego simbólico pero tampoco en alineación con el postestructuralimo o Derrida, quien no quería en todo caso salir de Saussure. Es una imagen en la medida, literalmente hablando, en que una etimología herida de muerte en su verdad, despierta una potencia imaginaria de rastro, muy diferente a la huella que sólo remite a una ausencia. Por el contrario, fuera del catálogo de fuentes, la mimesis opera al interior de la notación etimológica: en la re-escritura gestual de la palabra como retrazo de un pasado irrecuperable, sobrecargado por presencias múltiples que proyectan visiones proféticas del pasado. Una mezcla coral del poeta Glissant y Benítez Rojo.
La yconografía de esas visiones no puede prescindir de estilo. Tampoco comentarlo, ni delegarlo a una iconología o a cualquier tipo de interpretación sociológica. Sería como desconocer el reclamo siempre actual de comunidades nativas sobre las figurillas secuestradas en los Museos del Oro.
Pero las vitrinas del museo también actúan como espejos.
Educado cómo cualquier varón de los ochenta y tantos otros antes, de pequeño no se me permitía el hábito categóricamente femenino de pasar tiempo frente un espejo. Sin embargo, la crisis paranoica me había encerrado en casa con años de anticipación a la pandemia. El nombre propio tiene una etimología que siempre resulta ajena. En mi caso particular, una metonimia doble entre herencia y mérito, o entre repetición y novedad, tradición y ruptura. Me miraba largo tiempo en el espejo tratando de vislumbrar la traducción de esas texturas sonoras en mis facciones, en la máscara facial, en la piel del rostro en tiempos de filtros de facebook. Lograba para mi algo que los teatreros llaman distanciamiento.

El texto que escribí como tesis para la maestría en teatro abría hablando de ello y pasaba luego a contar como salí de casa hacia el encuentro fortuito con una cámara fotográfica, un modelo de cumpleaños. (Tal vez en algún momento haré una re-edición de sus páginas como entradas de blog, para quedar aquí enlazado). Lo importante en este momento es declarar el marco mitológico del que hablaba arriba:
Con la popularización de la cámara digital no desapareció el cuarto oscuro, sólo cayeron sus muros (o al menos la cuarta pared); de esa manera el mundo entero se abre como
laboratoriopara continuar el proceso de revelado.
Y agregaba sobre los cuerpos ceremoniales asociados:
Suele aceptarse que la tecnología es incorporada como extensión de nuestras extremidades o sentidos. Podría decirse entonces que una tecnología que muere y dejamos de usar se proyecta al futuro como muñón o miembro fantasma, con sus propias necesidades de ser rascado o desengarrotado (para lo cuál es bien probada la eficacia de juegos con espejos).

La tesis acompañaba formalmente un show y al año siguiente de graduarme y renunciar al alma mater, María Paula Falla me invitó a presentarlo en el Festival de las Culturas de Tunja. Gracias a su hospitalidad y la de Juan Carlos Muñoz, su pareja (ambos invitados al parche, tuve la oportunidad de visitar varias veces la Capilla Museo Santa Clara La Real y consultar el archivo local, específicamente las cuentas que documentaban los procesos económicos que orientaron la ejecución de sus formas.

Bajo la lente creada por el marco mitológico desarrollado, pude ver el artesanado de la capilla con otro cuerpo o aparato: uno que podía entender los mecanismos opresivos de la arquitectura eclesiástica y recibir los lazos o haces lumínicos que las piñas, sembradas en arcos y techo, tendían hacia los confines posteriores de la nave, habilitando una vía de escape: una proyección que progresaba en escalas para aquellos cuerpos que no sólo habían comido alguna vez una piña sino que habían participado de su crecimiento y por tanto ser capaces de alinear su orientación.

Por esos días había conocido y tenía el teléfono de Clemencia Plazas, antropóloga y exdirectora del Museo del Oro. Según sabía, desarrollaba su investigación de doctorado sobe la iconografía mesoamericana del murciélago. La llamé al llegar de Tunja y le conté mi hipótesis sobre las piñas sembradas en el artesanado y su efecto yconográfico: darle poder proyectivo a los asistentes sometidos para pararse en el techo, como un murciélago, mas cerca del sol y sus frutos que cualquiera de los que ejercían autoridad desde el presbiterio.


Clemencia me dio la oportunidad de reunirme con ella y mostrarle la tesis que había publicado, con fotografías anteriores y las que traía de las piñas (que los españoles veían como frutos de granada). Me dijo que el estado actual de la investigación iconográfica en antropología no era el mejor, cada vez menos gente se interesaba en su práctica y el estatus de prueba exigido por el escenario científico dominante difícilmente haría de mi hipótesis algo viable. Sin embargo, dijo que le veía viabilidad en un escenario distinto, el perspectivismo amerindio.
Durante los años siguientes hice las lecturas de rigor, Tânia Stolze Lima y Eduardo Viveiros de Castro. Sumé fuentes y escuelas disidentes, como Marisol de la Cadena, en Perú, Mario Blaser, en Argentina, y Arturo Escobar, en Colombia. Asistí presencialmente a espacios de discusión pública en Colombia y Argentina. Asistí a Clemencia en la publicación de su tesis de doctorado y en la realización de una serie de seminarios no formales con un grupo de personas que seguía pensando y practicando la orfebrería desde las manos ,desde la investigación arqueológica y técnica de los materiales, y desde otros ordenes categóricos. Todo lo anterior me permitió seguir foguear las ideas que continué desarrollando a partir de la tesis, sin el peso de la autoridad o la autoría.
Hace una semana, en relación a discusiones del parche, Nate me envió algunos videos de Donna Haraway, lo que me da la oportunidad parea agregar que también hablé con ella en 2015. y digamos que creo entender cómo esa línea de trabajo está relegada con respecto a los desarrollos del sur. Como dice Adriana y tantos otros, venimos del futuro.
Creo que la inclusión de los apartes de la tesis en este relato busca aclarar que no llegué a esta relación con la antropología en búsqueda de teoría para ser aplicada, maloliente práctica en un cierto ámbito del arte contemporáneo: discurso de intención, reactivación de la biografía, etc. Si el proyecto “de la maleta” llega a proponerse en escenarios del arte, puede verse como los textos que he creado para afrontar varios niveles posibles de colaboración no incluyen esta narrativa. Aclarado esto retomo el cuento.
Buscaba redefinir lo que puede llegar a presentarse a la conciencia como textura (como cuando David Lynch hablaba de la meditación y movía los deditos en el aire como si tocara un textil, como si la textura misma fuese conciencia). La pregunta infantil de quien trata de usar lápices de colores para dibujar un espejo o de quien experimenta la frustración del color oro. Es decir, tratar de no resolverse entre los extremos de una ilusión óptica ambivalente, ocurriendo a través de múltiples ojos y naturalezas.



A través del intento de fotografiar la textura de falsos espejos y consabidos efectos hápticos y ópticos, como la inversión o la difracción (términos que no son académicos, sino técnicos), surgió el renovado interés por los murciélagos, y fue eso lo que me llevó de vuelta al Museo del Oro, antes de conocer a Clemencia.

Museos
En el Museo del Oro tenían un proyecto pedagógico basado en una maleta viajera. Un kit de replicas en miniatura y juegos de mesa. En esa época se estrenó la película El imaginario del Dr. Parnaso y recuerdo haber conversado con Alejandro la posibilidad de consolidar las experiencias que tuvimos en los talleres de Sutatenza y Moravia en un híbrido entre maletín instrumental y espectáculo de teatrino. Hoy veo esa propuesta como algo problemático pero dejo ese asunto aplazado para la entrada siguiente.

A parte de la invitación que en algún momento me hicieron William Lopez y Martha Combariza para ser parte del grupo gestor y del cuerpo docente de la Maestría en Museología y Gestión del Patrimonio en la Universidad Nacional de Colombia, en varios momentos tuve contactos laborales y experiencias directas con prácticas museográficas muy concretas: el desarrollo de multimedia inmersiva para la sala del dorado en el Museo del Oro; las exposiciones Velorios y santos vivos, 2006, y Llegó el Amazonas a Bogotá, 2009, en el Museo Nacional; el desarrollo de infraestructura transmedia par el Centro de la Memoria de la Región Vallecaucana en Cali, en 2012, que hoy existe conceptualmente, flotando . La mayoría de anécdotas al respecto son amargas pero instructivas, hombres blancos corriendo la butaca de personas racializadas, invitadas y luego no; mujeres blancas, también de la capital, ayudándoles en su propósito y también artistas sumando a sus portafolios obras representativas de las regiones. Un par de ellas se refieren específicamente a espejos de agua y son las que transcribo abajo. Esta parte final va sin fotos; fueron tomadas sin cámara.
Velorios y santos vivos, 2006
Participé como asistente no remunerado. Sin queja alguna al respecto pues abrió para mi el mundo yconográfico de Ms. Nancy. Un mundo que también ha sido transportado por piezas de oro a otras áreas de destierro, a otros museos que pude visitar después, pero que resulta mucho más tangible, en Colombia y el Caribe a través de la arquitectura de palafitos y terrarios. Arquitectura que camina sobre el agua.
Cabe agregar que una de las discusiones más fuertes y relevantes que presencié durante el montaje de la exhibición y su apertura se dio a partir del micrófono robado por los corteros de caña que habían llegado a protestar a Bogotá, al mismo lugar al que llegan los indígenas, el Parque Nacional, 900 metros al sur del museo. Su queja incluía una mención a la manera en que las instituciones del estado quieren distanciar los problemas de ambas comunidades (agrego contexto aquí: mi percepción exógena es que la búsqueda de especificidad académica no ha ayudado mucho a la posibilidad que tendrían estas comunidades para unirse en sus luchas, distribuyendo las discusiones en bandos teóricos e instituciones, el ICANH y la Dirección de Poblaciones). Al final del evento, el chiste lo puso en nitrato de plata el presidente de turno, a quien citaban diciendo que detrás de todo ese revuelto había fuerzas oscuras. Siento que debo disolver el paréntesis anterior agregando cómo Marisol de la Cadena y Andrés Escobar son personas que han criticado directamente esta separación en términos de lo que ellos llaman ontología política o giro relacional, (la manera en que perspectivismo, giro ontológico, giro relacional, etc. se reparten geográficamente es otro tema) un desarrollo muy interesante que involucra a las instituciones (y al Estado) en las dinámicas transaccionales que se ponen en jugo alrededor de la categoría persona.
Llegó el Amazonas a Bogotá, 2009
Por pasegol de Barbara Santos, a quien también me gustaría contactar para el parche, fui comisionado a desarrollar la infraestructura tecnológica de la exposición. La instantánea es sobre la última reunión en la que participé:
La mayoría habíamos llegado a tiempo e incluso temprano. Proyectores, pantallas. Una mesa larga en una extensa habitación republicana; la luz de una enorme ventana cayendo sobre una silla más robusta que las otras, llenada con media hora de retraso por un antropólogo que al mismo tiempo encarnaba el cliché de un antropólogo, un indiana jones alto y esbelto, de ojos celeste, barba blanca, pañoleta al cuello y prominente sudoración. A la derecha del trono Cristina Lleras, jefa de curaduría; otros empleados del museo se repartían los puestos aledaños, prestando atención a las aventuras que acababan de inaugurar una agenda inédita. Relegados en el polo opuesto, bastante más sombrío, quedaron Eudocio Becerra (QEPD), también profesor de la Universidad Nacional y dos mujeres cuyo apellido no fue mencionado en la presentación (representando, eso si fue aclarado, a dos distintas comunidades amazónicas). El asiento que me había sido asignado quedaba justo en el medio de la mesa, tal vez por lo que soy blanco, de pelo enchuto. Mientras el primer grupo transitaba al desarrollo de conceptos, el segundo grupo fue internándose en otra discusión.
Contaban cómo las pantallas planas de video les recordaban las visitas de los santos oleos. Durante su infancia (las dos mujeres eran bastante jóvenes, Eudocio estaría por los 55) un tipo de embarcación particular se acercaba periódicamente a las orillas de las instituciones educativas a las que asistían, transportando un par de curas y una pintura desproporcionadamente grande para el tamaño de la embarcación: invariablemente un oleo con alguna representación del infierno. Sin bajarse, apoyando el marco de la pintura contra el borde de la canoa, comenzaban un sermón a dos voces sobre la virtud y el castigo. La escena que yo veía ahora tenía un eco cinematográfico diferente al de la secuela spilberiana. Parecía el relato grupal y casual de excombatientes de guerra. Se preguntaban por los lugares en los que estuvieron emplazados y sin que hubieran compartido el mismo momento o la misma institución, reconocían nombres, compartían referencias.

Podía imaginar una escena para el montaje. Una manera de aludir a los santos oleos obligando al espectador a bajar la mirada para observar en el reflejo del agua cómo las figuras bajas en estampitas como la de Miguel Arcángel, figuras rastreras y zoomorfas, racializadas de manera diferente en Colombia y Estados Unidos (la piel del diablo es oscura o roja), cobrarían vida animada a través de ondulaciones controladas en el reflejo. Pero acababa de decidir mi renuncia al proyecto. Nunca más volví.

La maleta y los proyectos del parche
No sé si se trata de desarrollar una antropología inversa, como proponía De Castro. Más bien o más mal, puedo decir, desde la ingeniería, que la maleta de falso fondo se presta para imaginar etnografías inversas o revertidas. Algo que suena mucho más humilde, menos proyecto-de-autor.
Según entiendo, la maleta sale de lo que, me han dicho, puede describirse como una auto-etnografía y no me opondría a ver que sus desproductos vuelvan a la práctica etnográfica tras contaminarse por la visión de otros, retroalimentando la película, el tejido, las membranas vibrátiles.
La maleta propone extender los mecanismos de registro audiovisual al registro del movimiento (datos de geolocalización y aceración en el sistema pendular mano-pies). Explícitamente dificulta la visualización del registro. Sin imponer ese criterio a los proyectos conversados o a otros que quieran entrar en esa conversación, ofrezco la premisa básica como parte del diálogo y el desarrollo de los dispositivos técnicos como apertura del código. Imagino reinterpretaciones desde la animación para conversar con Felipe y otros.
Apéndice
Quedo debiendo un comentario sobre 2666 y la telepatía facista (sic.), que terminaré pronto y quedará enlazado aquí.
Comments
One response to “Yconografía, textura”
[…] Habiendo leído los textos de su proyecto anterior, Reparar, visto los videos de Ciudades Expandidas y confirmada la familiaridad que el grupo ya tiene con lo que en su ámbito disciplinar se conoce como el giro ontológico, me creí capaz de revelar las relaciones previas que tiene el proyecto de la maleta con nodos específicos de la antropología latinoamericana y la manera en que propone un ejercicio imaginario sobre lo que puede ser una práctica etnográfica inversa. Esa es la promesa que espero poder cumplir en el siguiente artículo. […]