Durante mucho tiempo Adriana coleccionó dibujos que personas de diversas partes del mundo le habían enviado a cambio de los suyos. Entre esas personas había nombres de fama, pero ella guardaba todas las piezas de su colección con el mismo cariño.
Expuso esa colección en Argentina, Brasil y Colombia. Yo estuve presente en la de Bogotá y recuerdo el fastidio de Adriana con los comentarios de no pocas figuras protagónicas de la escena local, quienes desaprobaban el uso de cinta pegante para los dibujos estelares.
Ella decidió guardar su colección y comenzar una nueva, esta vez en línea. Un wordpress sencillo con el nombre Club de Dibujo, donde publicaba semanalmente el trabajo de otros dibujantes latinoamericanos (aunque algunos venían de otros países, pero tal vez Adriana les sentía una vibra digna de ser publicada). De nuevo, ella y los participantes obtuvieron visibilidad y reconocimiento (tal vez no en Bogotá). Logró mantener el proceso dos años pero nunca logró que el trabajo necesario fuese asumido por más de un dibujante (ella misma y su asistente).
Ya en la pandemia, solíamos conversar sobre la posibilidad de una red social que no sólo facilitase el trabajo de compartir imágenes y hacerlas más visibles, sino que también estuviera exenta del control publicitario que podía ejercer cualquier pez más grande que los otros.
Contándole esta anécdota a Alejandro, él mencionó el intento que hizo n-1 de hacer algo así. Pero yo le decía que para mí el ámbito de las artes (o del activismo como forma de arte) era ya algo bastante excluyente, ni que hablar del arte-electrónico-activista-académico-comunitario. Pasé un corto tiempo por n-1 y sé que un simple dibujo en papel no habría sido incluido en la conversa.
Esto resume de donde vengo a entender el problema, y la posible solución, entre metodológica y técnica, que quiero poner a consideración de dolientes, eventuales colaboradores.