El Cántaro del Zahorí

Genealogía – El proyecto – Colaboración – Alcance

El título es provisional. Hace poco me enteré de un trabajo con título casi idéntico, de un artista catalán, Joan Mira. Lo divertido, aparte de que su nombre tiene la sonoridad del personaje de una novela policiaca que representa a un artista, son las pequeñas coincidencias: tenemos una edad similar y él también se ha dedicado a medios tradicionales y cosas con tecnología. Tal vez me anime a escribirle.

El caso es que en mi niñez escuché que llamaban zahoríes a los guaqueros de agua; en los cómics aparecían estos otros personajes con un palito de madera recorriendo monte, esperando a que la varita temblara para indicar el hallazgo de un depósito de agua. Pensaba que eran lo mismo, pero según entiendo, a los segundos se les llama radiestesistas, practicantes de una pseudociencia sin mucho fundamento. En cambio, el término zahorí se pierde entre cadenas tróficas de traducción y traición, enlazado a tradiciones de observación detallada, tanto del cielo como del suelo.

Realicé el primer prototipo casi treinta años atrás, cuando era estudiante de escultura: un ensamblaje con partes de una maleta deshechada (sic.) y el tubo de rayos catódicos de un televisor pequeño, a blanco y negro. No tengo registros del objeto resultante pero tengo la foto del apunte rápido que hice en una libreta de dibujo, en el año 1999.

Para funcionar, la pieza necesitaba el mantenimiento constante de un charco de agua bajo ella, en el suelo: un charco que debía ser alimentado y contenido.

El televisor mostraba grabaciones hechas con anterioridad, colgando la cámara en sentido vertical de la misma manija que hacía parte de la maleta en la escultura.

Trabajaba un turno nocturno mientras estudiaba y el video registraba las caminatas que hacía del trabajo a la casa. La imagen necesitaba ser reflejada en el charco para hacerse inteligible a quienes observaban la escultura colgante.

Aparecía mi mano en primer plano empuñando la manija, a una distancia tal que se ubicaba donde aparecería la mano del espectador si tomara esa misma manija, visible desde otro ángulo y tangible en el objeto suspendido del techo (por los cables que transmitían la señal y daban energía al televisor). Al fondo, en la imagen de video, se veía el paso de árboles, edificios, postes y luces; el cielo.

No sé qué tipo de instrumentos usaban los zahoríes. Sé que en Mesoamérica se usaban cántaros de paredes porosas para estudiar y también afectar el comportamiento de la humedad en los suelos. Formalmente, la maleta y el cántaro comparten el uso de asas o manijas, pero no son los aspectos formales lo que más me interesó al decidir que era necesario retomar este proyecto.

Justo antes de la pandemia, las carreteras cercanas al pueblo en el que vivíamos en Santander (un departamento colombiano limítrofe con Venezuela) fueron atravesadas por miles de caminantes cargando familias y equipajes. Aparte de la estigmatización usual a la que son sometidos los migrantes en todas partes del mundo, estos llegaban a una región ya bastante tensa por la supuesta escasez de agua, agravada por el turismo creciente del bosque seco tropical.

Buscar techo, buscar agua. Buscar culpables.

Casi una década más tarde, ahora siendo también un migrante, la idea de un proyecto parece cobrar sentido de nuevo (o un nuevo sentido; tal como un cántaro se fabrica antes de que llegue el líquido que lo ha de llenar). Se busca llamar la atención (otro bien preciado y escaso) sobre el choque entre los discursos de desarrollo económico y tecnológico, y las crisis que su implementación provoca: el desastre ecológico y el desplazamiento forzado de comunidades enteras.

No voy a lograr ese objetivo sin ayuda. La razón principal para publicar estas páginas es abrir el proceso creativo a otros participantes, lo que usualmente hacemos en Nodos Cacharreo Lab. En las páginas siguientes encontrarás la mezcolanza usual que ensayamos entre poética, pedagogía; ingeniería y antropología inversa. Antes de continuar con la propuesta formal para ejecutar el proyecto, quiero agregar un último antecedente que puede servir a quien quiera indagar un poco más sobre el proceso creativo.

No es fácil sostener una carrera profesional. Voy a decirlo de otra manera. No es fácil sostener una identidad (profesional). O tal vez es incluso demasiado fácil para alguien que tiene casi todos los privilegios posibles (nacer en la capital de cualquier país, teniendo la piel blanca, identificado sin mayores problemas como varón, con acceso garantizado a la educación superior), en cuyo caso se vuelve casi un asunto de marca, tanto en el sentido mercantil (crear el DNA de tu propia marca, tu portafolio como artista, una reputación, etc.), como en el sentido de trauma, cuando se es consiente desde muy corta edad que tal privilegio no encaja con ninguna noción de justicia ni de profesionalismo (en sentido estricto, profesión de fe).

Poco antes de convertirme en un migrante, salir de la academia, del país, me enamoré de la manera en que el poeta caribeño Édouard Glissant dislocaba con sus palabras y sus textos, a veces literarios, a veces filosóficos y científicos, la idea de justicia poética. Me pregunto si su lectura nos invita, sin importar el estatuto que las nociones blancas de raza e identidad nos adjudiquen, hacia el trabajo creativo, sin importar la profesión que cada uno este performando. De esa manera, creo, comencé a escribir hace tres o cuatro años un guion cinematográfico. Sus personajes usan los prototipos aquí propuestos. Quien esté interesade está más que bienvenide a leer más al respecto en mi página personal.

Espero que todo este contexto te anime a colaborar.

Esteban Rey, agosto 25, 2026